Los ojos de la luna

AutorYolanda Arroyo Pizarra
Páginas179-182
Los
ojos
de
la
luna
1
Yolanda
Arroyo
Pizarra
Novelista, cuentista y
ensz1yista
puertorriqueña.
Elegida
como
una
de
las
escritoras
latinoamericanas
mas
importantes
menores
de
39 años del
Bogota39
convocado
por
la UNESCO.
Hispaniola,
1493
DOS MUJERES VIEJAS
se
arquean
sobre
el
pilón
de
mano
y
con
un
mortero
de
piedra
al
fondo,
empujan
una
danza
de
músculos
brillosos,
de
pieles
tostadas
en
la
playa,
de
sudores
que
se
derraman
como
un
gotero
que
late,
que
muele,
que
pulveriza.
Empujan
con
la fuerza
de
sus
muslos
encuclillados,
con
la
presión
y el
embate
de
sus
torsos
paridos
en
más
de
una
ocasión, con la
voluntad
del
deseo
bélico
como
toda
inspiración.
Aceite, y
una
mezcla
de
briznas
moradas
que
chapotean.
Gotas
que
van
a
dar
debajo a lo
que
se
espolea;
jamás
sobre
el
pulso
de
la
mano
que
palpita
y
machaca;
siempre
en
los
adentros
del
depositario
rojo.
Las
tonalidades
se
crean
como
única
consecuencia
del
polverío
de
las
hojas
mezcladas
con los
picantes
filamentos.
Las
mujeres
llevan
cubierta
la
nariz
para
no
inhalar
los
ajíes.
Sus
ojos
sollozan
sin
quererlo,
sin
pena
ni
sentimentalismo.
No
hacen
ruido.
Inevitablemente
se
les
resbalan
las
aguas
de
las
cuencas
pestai'íosas,
como
una
reacción
lógica
a la
preparación
militar
allí
gestada.
Con
el
brazo
separan
de
a
poco
el
sudor
de
las frentes
para
atinarle
mejor
a la
mole,
para
triturar
hasta
el
infinito
más
diminuto
los polvillos
que
ahora
se
adhieren
al
pilón
en
sus
manos.
El
polvillo,
destinado
a
provocar
exageradas
toses y
desorientadores
estornudos
en
el
enemigo,
no
provoca
nada
en
los
dedos
y
narices
inmunizadas
de
las
viejas. N o las irrita, ni pica.
En
las
uñas
se les
almacena
sin
remedio
ni dai'ío.
Si
acaso
cayera
en
los rieles
de
la piel
oscurecida
por
el
dios
de
soles,
más
allá
de
la
muñeca,
en
algún
espacio
de
la
extremidad
aceitunada,
sería
un
infortunio. Las
mujeres
cuidan
que
no
suceda.
Esquivan
el
sahumerio
rosado
que
se
adhiere
y
cuando
las
nubes
del
molino
de
mano
se
levantan,
las
dos
mujeres
se
levantan
también
LOS
OJOS
DE
LA
LUNA
y se alejan.
Menean
la
cabeza
y se
retiran
a
esperar
que
se
asiente
el fragor. Entonces se
colocan
en
la
entrada
de
la
choza
y
hablan
algunas
cosas
propias;
preguntan
por
la
familia,
mencionan
el
rito
de
las
niñas,
se
cuentan
los
partos
pendientes
y
enumeran
los
últimos
sacrificios.
Pacientemente,
esperan
a
que
baje el
sedimento
que
ha
subido
por
el
aire del domicilio
de
hojas y cogollos.
Miran
el techo tejido
de
yaguas
y lo
estudian
con fervor litúrgico.
No
ha
cambiado
de
color.
Si
el techo
no
cambia,
están
a salvo.
Si
las hojas
de
arriba
de
sus
cabezas
no
se
manchan,
no
se
salpican,
han
hecho
bien.
Siguen
siendo
las
maestras,
las
que
saben.
Son
las
expertas.
El
humentín
se
reduce
y
las
viejas
regresan
al
centro
de
la
morada.
Se
acercan
a los aparejos.
Colocan
los
pilones
de
madera
fuera
de
sus
morteros
y
echan
el
polverío
en
los
envases
de
hoja abierta,
para
luego
cerrarlos. Los sellan
con
una
mezcla
de
saliva, excreta
licuada
y la
solución
que
han
recolectado
hasta
entonces
del
rito
de
las nii'ías.
Después
de
pasados
los
días
que
dura
el
rito,
las
niñas
regresan
a
sus
labores
cotidianas,
que
ahora
incluyen
los ejercicios
militares. Inoa y
Amina
también
vuelven
a lo
suyo
con
disciplina
desmesurada.
Practican
día
y noche.
Una
tarde
en
que
corresponde
el
entrenamiento
para
el
ataque
de
cercanías, Inoa
se
lo
cuenta.
Amina
toma
consigo
la
lanza
como
si
hubiera
nacido
con
ella
entre
los
dedos.
La baila, la
mueve
como
en
el
areyto.
Da
un
traspié, pica las rocas del
suelo
con la
planta
de
su
pierna
izquierda,
dobla
las
rodillas, y retira la espinilla con
movimientos
ágiles
y
rítmicos.
La
furia
la
carcome,
pero
acepta
el
asunto
como
quien
sabe
que
Inoa ha
sido
un
botín
de
bienvenida
planificado.
Sabían
que
aquello
podía
pasar.
Ha
pasado.
Fue
dada
a los
raros
invasores
apostados
en
la costa y
resguardados
en
el
anómalo
cobijo
Publicado
en el
libro
de
Cuentos
Ojos
de
Luna.
Terranova
Editores,
2007.

Para continuar leyendo

Solicita tu prueba