Una motivación de las decisiones interpretativas

AutorJuan Igartua Salaverría
Cargo del AutorCatedrático de Filosofía del Derecho Universidad del País Vasco
Páginas37-54
Capítulo II
UNA MOTIVACIÓN DE LAS DECISIONES
INTERPRETATIVAS
Como una justificación congruente ha de tener en cuenta
la naturaleza de la decisión a justificar, habrá que dilucidar
cuál es el razonamiento adecuado para justificar las decisiones
interpretativas; lo cual nos proyecta hacia un problema más an-
tecedente: el de definir en qué consiste la “interpretación”.
1. Sobre el significado de “interpretación”
En lo que respecta a la palabra “interpretación” hay, en
la actualidad, dos concepciones fundamentales en liza (una
tradicional y otra heterodoxa) y éstas son sus respectivas
caracterizaciones25. Para la tradicional, sólo ha lugar a la in-
terpretación cuando la formulación lingüística de un texto
normativo no es suficientemente clara; para la heterodoxa,
25 MAZZARESE, T., “Interpretación literal: juristas y lingüistas frente a frente”,
Doxa, 2000, N.° 23; pp. 618-620. No obstante, es más usual distinguir
tres teorías (cognoscitivista, escéptica e intermedia –cfr. PRIETO SANCHÍS,
L., Apuntes de teoría del Derecho, Madrid, 2005; pp. 239-248–) y, como
enseguida se verá, acabaré desembocando en algo similar.
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JUAN IGARTUA SALAVERRÍA
siempre hay interpretación, independientemente de la presunta
claridad en la formulación lingüística de un texto normativo.
Ambas concepciones tienen sus correspondientes im-
plicaciones epistemológicas. Para la tradicional, el proceso
interpretativo es de carácter cognoscitivo-declarativo, mientras
que para la heterodoxa es de tipo decisorio-constitutivo. Las
susodichas implicaciones epistemológicas se fundan, a su vez,
en dos tesis lingüísticas contrarias: 1) que las palabras tienen
un significado propio y manifiesto (salvo excepciones), en el
caso de la concepción tradicional; y 2) que el significado de
cualquier expresión es siempre el resultado de un proceso
interpretativo en el que intervienen factores lingüísticos y
no-lingüísticos, en opinión de la postura heterodoxa. Aquí
no sufragaré ninguna de ambas concepciones (tradicional y
heterodoxa) sino una tercera.
A estas alturas, nadie apuesta por el realismo verbal
(la tesis de que tal significado es propiedad de tal palabra).
Pacíficamente se admite que el nexo entre palabras y signi-
ficados es por entero convencional (p. ej. los italianos llaman
“burro” a lo que nosotros llamamos “mantequilla”) y que las
convenciones que determinan el significado de las palabras
son no sólo de índole lingüística sino también contextual (p.
ej., el significado de “York” no es el mismo en una agencia
de turismo –cuando se encarga un viaje– que en una charcu-
tería –cuando se pide un determinado tipo de jamón–). En
eso lleva razón la postura heterodoxa.
Pero a veces se pasa por alto que esas convenciones son ex-
presión de estructuras normativas impersonales y abstractas26.
Y en ese sentido (sólo en ése) cabría hablar de “significado
26 LUZZATI, C., La vaghezza delle norme, Milán, 1990; pp. 41-43.

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