La importancia de la educación para los derechos humanos y el gobierno de los estados

Autor:Gino Ríos Patio
Cargo del Autor:Presidente de la Asociación Peruana de Criminología Ama Hucha. Presidente del Centro de Estudios en Criminología y Director del Instituto de Investigación Jurídica de la Universidad de San Martín de Porres
Páginas:10-31
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LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN PARA LOS DERECHOS HUMANOS
Y EL GOBIERNO DE LOS ESTADOS
Gino Ríos Patio
Sumario:
1. Introducción. 2. Formulación de hipótesis. 3. Dimensiones de los derechos
humanos. 3.1. Los derechos humanos en la historia. 3.2. La dimensión
axiológica. 4. El arte de vivir y convivir. 5. El poder de la educación. 6.
Conclusiones. 7. Colofón. 8. Fuentes de información.
1. Introducción
El hombre no nace humano. Esta frase apunta a diferenciar al hombre de lo
humano. Lo primero alude a la naturaleza de animal superior en la escala
zoológica, mientras que lo segundo es una cualidad adquirida en el proceso de
socialización, mejor dicho, en un proceso educativo.
La naturaleza hace que los hombres nos parezcamos unos a otros y nos
juntemos. Empero, en este intento primitivo de asociación para la supervivencia,
contradictoriamente, el hombre se convierte en el lobo del hombre, como lo
enunciara hace siglos Thomas Hobbes.
Complementando esa frase del célebre autor del Leviatán, otro filósofo liberal, el
ginebrino Juan Jacobo Rousseau, atribuyó la corrupción del hombre a la
sociedad, o sea, al mismo hombre.
Al margen del origen congénito o adquirido de la depravación en el hombre, que
significaron diferentes puntos de partida para la explicación del origen de la
sociedad y del Estado; consideramos en todo caso que el hombre bárbaro se
redime cultivándose, educándose, es decir, humanizándose.
La historia de la civilización nos muestra un doloroso saldo desfavorable a la
humanidad y más bien favorable a la bestialidad de los hombres.
Desde tiempos de la esclavitud en los antiguos Imperios; del despotismo de las
monarquías absolutistas y los gobiernos totalitarios; de la impiedad del
holocausto judío y el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y
Nagasaki; de la prepotencia de la invasión militar, sin declaración de guerra, a
territorios extranjeros; del avasallamiento económico de las soberanías
nacionales; del exterminio paulatino pero progresivo del medio ambiente por
parte de las super potencias industrializadas; hasta el paroxismo del
individualismo que trae consigo el neoliberalismo económico y que conlleva a la
despersonalización y cosificación del ser humano; la ruina del hombre es, sin
duda alguna, el más triste espectáculo de todas las ruinas del mundo.
La situación actual mundial nos confirma esta apreciación. Terrorismo
internacional, narcotráfico, tráfico de armas, corrupción gubernamental,
delincuencia organizada, maltrato infantil, violencia familiar, discriminación, falta
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de solidaridad, desapego a los valores humanistas, etc. son lamentablemente
hechos cotidianos.
Esta aseveración podría acompañarse con cruentos hechos históricos y datos
estadísticos precisos, pero es tan evidente y asaz elocuente, que por ello
precisamente deseamos dejarla para la reflexión personal del lector, seguros de
que cada uno encontrará sobradas razones para demostrar su descarnada
validez, aún en nuestro entorno personal, socio histórico y hasta en nuestra
propia conciencia.
Si pensamos una y otra vez en esos luctuosos sucesos históricos que
estremecieron al mundo en cada época, estamos seguros que insistiremos en
preguntarnos interiormente hasta el agotamiento ¿no pudo haber sido diferente
si tal o cual personaje individual o colectivo hubieran hecho mejor lo que
hicieron?
Asimismo, para tratar de entender a nuestra especie, no nos cansaríamos de
forzar nuestra razón para pugnar por encontrar algún motivo razonable para tal
o cual hecho histórico que enlutó a la humanidad.
Desde Aristóteles se sabe que el hombre es un ser sociable. Pero este carácter
gregario no lo exime de detestar a sus semejantes, según se aprecia
históricamente.
Atendiendo a la gran capacidad de mutación de la especie humana, clave de su
supervivencia desde que apareció por primera vez sobre la faz del planeta,
parecería que el hombre es un ser que se acostumbra a todo.
He ahí lo negativo de esa característica que parece definirlo, pues también se
acostumbra a lo malo, aunque le haga daño. El maltrato a otro no causa
bienestar a nadie en su sano juicio, sin embargo a fuerza de practicarlo se ha
establecido como una costumbre, ya inveterada, que pretende significar
superioridad o dominio de situaciones. El consumo de tabaco, drogas ilegales o
comida “chatarra” causa daño a la salud, sin embargo se ha “institucionalizado”
como una costumbre que nos conduce irremediablemente a la decadencia
social.
Recordemos que el hombre se eleva por su inteligencia, pero no es hombre más
que por su “corazón”, es decir, por sus sentimientos y pensamientos humanistas,
por su educación. Inteligencia y educación, no son, por cierto, sinónimos. Se
puede ser inteligente pero ineducado, como educado y menos inteligente.
En este orden de ideas, estamos informados adecuadamente de la visión
androcentrista de los derechos económicos, sociales y culturales y del derecho
a la educación y convencidos de que lo adquirido, más que lo congénito, forma
al hombre.
Por ello, estamos convencidos del poder inconmensurable de la educación para
la transformación del ser humano y el cambio social, lo cual recusa el neo
paradigma del pseudo pragmatismo de que la humanidad es como es, por lo que
no se trata de cambiarla, sino de conocerla.

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