¿Qué es una falacia?

AutorLuis Vega Reñón
Páginas173-244
Capítulo 3
¿Qué es una falacia?
1. NOCIONES Y TANTEOS PRELIMINARES
1.1 Paralogismos, sofismas y falacias
H conocido algunos criterios, indicadores o aspectos de
la buena argumentación en el capítulo anterior, uno pensaría
que ya está delimitado el ámbito complementario de la mala argu-
mentación. Puestos a argumentar, todo lo que suponga una violación
o un desvío de lo que deberíamos hacer para argumentar bien, será
algo que hacemos o hemos hecho mal. Por desgracia, no es así: las
falacias no son todos los malos argumentos que resultan del contras-
te con los buenos, aparte de que este cómodo expediente sólo sería
ilusorio pues, según hemos visto, las teorías anteriores sobre el buen
argumentar ni siquiera llegan a ser efectivamente determinantes en
su propio terreno. En otras palabras, lo malo no es aquí el reverso de
lo bueno como lo negro no es el complemento de lo blanco —menos
aún en un estado del análisis de la argumentación en el que «amigo
mío, las teorías son grises», como decía Goethe—. Además, en este
análisis caben dos “políticas”, digamos, de demarcación y evaluación:
una política, más restrictiva, declararía mala toda argumentación que
no fuera positivamente buena, conforme a la directriz de que no se
deberá hacer nada que no esté prescrito o indicado expresamente; la
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otra política, más liberal, declararía buena toda argumentación que
no fuera positivamente mala, conforme a la directriz de que se podrá
hacer todo lo que no esté prohibido o contraindicado expresamente.
Si se toma esta segunda opción, la delimitación del argumentar bien
o, por lo menos, de modo aceptable, pasa a depender no solo de sí
misma sino también de lo que reconozcamos como un argumentar in-
aceptable, y entonces un capítulo sobre las falacias, como el presente,
vendría a ser una prolongación del anterior aunque en sentido con-
trario. Adoptaré esta política liberal de discriminación y evaluación,
y seguiré la línea que acabo de apuntar: estudiaré la mala argumen-
tación con el sano propósito de conocer mejor la buena o, al menos,
la aceptable. Pero adelanto que no asumo la que llamaré “teoría de la
contrapartida” aplicada a las falacias, a tenor de la cual será falaz toda
argumentación que no cumpla algún requisito de la argumentación
buena o correcta y resulte por tanto defectuosa o mala. Esto no es
cierto. Más acertado es pensar que toda argumentación falaz es mala,
pero no toda argumentación mala es falaz. El concepto de falacia es
más preciso que la idea meramente negativa de argumentar mal.
Aunque las falacias no se dejen identificar con los malos argu-
mentos en general, la falacia suele considerarse un paradigma de
mala argumentación. Nuestro término “falacia” ha heredado el doble
sentido de su étimo latino fallo: 1. Engañar, inducir a error; 2. Fallar,
incumplir, defraudar. “Falaz” designa entonces aquello que se presta o
induce a error, sea falso, fallido o fraudulento. Nuestros usos actuales
de “falaz” y de “falacia” acentúan su sentido intencional y peyorativo
de falsedad, engaño o mentira, tras haber contraído ciertos matices
en parte derivados de la tradición escolar, en parte contaminados
por el contacto con otras lenguas. Así, “falacia” se ha venido a mover
en dos planos: el plano proposicional de los asertos o proposiciones,
donde significa una creencia u opinión falsa ampliamente extendida
—e. g. “el tópico de que los españoles son ingobernables es una fala-
cia”—; y el plano argumentativo, donde significa el razonamiento o la
argumentación fraudulenta, un argumento inválido o incorrecto que
suele pasar por bueno. Del primer plano podemos olvidarnos en el
presente contexto: no nos interesan las creencias o las proposiciones,
sino los argumentos. Pero sí conviene retener los dos matices apun-
tados, el de la popularidad o difusión pública de las falacias y el de su
apariencia engañosa, pues han tenido bastante importancia a la hora
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del diagnóstico de las falacias, el primero en la cultura anglosajona,
el segundo a lo largo de una tradición que se remonta a los antiguos
griegos.
Los griegos, sin embargo, hablaban de “paralogismos” y de “so-
fismas”. Hoy, al margen de su significado original, conviene mantener
estos dos términos para adaptarlos a dos nociones asociadas a la de
falacia que importa distinguir en el presente contexto. Aquí, enten-
deré por paralogismo un argumento erróneo o incorrecto, a veces
propiciado por su confusión o semejanza con otras formas legítimas
de inferencia o de argumentación; tiene el sentido neutro de un fallo
ocasional o un error cometido de buena fe, bien por falta de compe-
tencia o bien por falta de atención.
Supongamos, por ejemplo, que M y N son dos personas que, sin
conocerse apenas, deben compartir un piso. Mientras se tantean,
empiezan a discutir unas normas mínimas de convivencia. Al cabo
de un rato, M cree haber dado con un punto de partida satisfactorio
y conciliador:
«— Como a los dos nos interesa ser permisivos y prácticos —dice
M, un tipo animoso—, sigamos esta regla general: no hay regla que
no pueda admitir alguna excepción. Tomando esa norma como
regla básica, dispondremos siempre de cierto margen de maniobra
acordemos lo que acordemos.
— El problema con esa regla —observa N, una chica lista— es que no
nos sirve para nada y tu propuesta solo es razonable en apariencia;
la verdad es que resulta un paralogismo. Supongamos que la regla
básica es, como dices, que no haya regla sin sus posibles excepciones;
ahora bien, la propia regla básica es una regla y, por tanto, ella misma
tendría que admitir excepciones; pero, sus excepciones serían que
hubiera efectivamente reglas sin ellas. En fin, un lío.»
Por sofisma, en cambio, voy a entender una estratagema o ar-
gucia argumentativa hecha a sabiendas con la intención dolosa de
probar algo frente a alguien, aunque a través de una prueba de suyo
fallida; o de vencerle en la discusión, aunque se violen sus reglas; o
de persuadirle, aunque sea la eficacia suasoria lo único que prime. A
diferencia del término “paralogismo”, el término “sofisma” arrastra la
connotación peyorativa de una incorrección cometida de mala fe, en
el sentido de que envuelve una conciencia del ardid y un propósito

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