¿Qué es una buena argumentación?

AutorLuis Vega Reñón
Páginas77-172
Capítulo 2
¿Qué es una buena argumentación?
1. ¿BUENOS ARGUMENTOS O ARGUMENTAR BIEN?
E atención a lo que llevamos visto, cabe temer que unas pregun-
tas como “¿Qué es un buen argumento?”, “¿Qué es una buena
argumentación?”, sean radicalmente ambiguas. Hay motivos para
sospechar que late en ellas una raíz de ambigüedad, a saber: toma-
rán sentidos diversos según cómo se entienda la noción misma de
argumento y según qué aspecto o dimensión de la argumentación se
privilegie: según se considere que ésta es ante todo un producto tex-
tual, o un proceder interactivo, o un proceso de inducción de ciertas
creencias o disposiciones en el ánimo del interlocutor 25.
Veamos este argumento: “Dios es, conforme a la recta concepción
de su naturaleza, el ser dotado de todas las perfecciones. Ahora bien,
existir es una perfección. Luego, Dios existe.”. Tomado como un texto
aislado es una deducción lógicamente concluyente: un argumento no
25 Nótese la diferencia entre “inducción” como acción o efecto de inducir (animar,
incitar, mover a alguien a pensar o hacer algo) e “inducción” como argumento
no deductivo en el que las premisas apoyan con mayor o menor fuerza la proba-
bilidad de una conclusión. Este segundo sentido prevalecerá en el contexto del
análisis lógico del argumento; el primero, en el de la retórica de los procesos de
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sólo bueno sino “glorioso” —podría decir Humpty Dumpty—. Pero si
se aduce con pretensiones de prueba en el contexto de una discusión
acerca de la existencia de Dios, es decir como un remedo del famoso
“argumento ontológico” de Anselmo de Bec, no pasa de constituir una
petición de principio —cuya conclusión se limita a reiterar una de
las presuntas perfecciones que definen la divinidad—, para quienes
cuestionan la existencia de tal suma de perfecciones o la idea de que
la existencia es una perfección; entonces ya no es un argumento tan
bueno. En fin, la eficacia o el poder de convicción del “argumento
ontológico” mismo resultan problemáticos: el argumento convence
a los convencidos —de acuerdo con el diagnóstico de que se trata de
una petición de principio—; y si era incontestable para su autor, en
el último tercio del s. XI, no ha dejado de verse en entredicho en la
historia posterior de la teo-filosofía.
Otra fuente de ambigüedad es la añadida por la calificación de
bueno. En una de sus acepciones, “bueno” nos remite a la cuestión an-
terior, viene a significar que algo es auténtico y excelente en su género
—e. g. “este es un argumento de los buenos” en el sentido de “este es
café del bueno”—. Pero, además, “bueno” resulta equívoco a través de
dos vertientes significativas capitales: por un lado, según veíamos, es
bueno lo que tiene bondad en su género, aquello que reúne de forma
satisfactoria las cualidades exigibles a su naturaleza; por otro lado, es
bueno lo que resulta apto, útil o a propósito para algo. La alternancia
de ambos sentidos se muestra en conversaciones como esta:
«-“No te pierdas el respeto”, o algo así, recomendaba Gracián: he
ahí un buen consejo.
-¿Bueno para qué?
-Bueno en sí mismo».
Así que volvemos a encontramos con dos viejos conocidos que ya
se habían presentado en la aproximación inicial a la argumentación y
que ahora retornan en la consideración de la bondad de un argumen-
to: el planteamiento que gira en torno a su calidad propia o interna
como constructo discursivo; el que prefiere fijarse en su eficacia o
rendimiento externo como instrumento de persuasión o disuasión.
Para colmo, la evaluación de la bondad argumentativa, especial-
mente en su dimensión discursiva interna, envuelve consideraciones
normativas y prospectivas, es decir consideraciones acerca de cómo
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deben ser los buenos argumentos y criterios que permitan discernir
ante un eventual candidato si efectivamente será un buen argumento.
Estas directrices diferencian la evaluación de la bondad de otras es-
timaciones, como la determinación de si algo es blanco o negro; y su
singularidad aumenta si se añade la posibilidad de que la evaluación
proceda en términos graduales y comparativos, por contraste con
disyuntivas categóricas, e. g. la de si un número entero es par o impar.
En los casos citados contamos con datos básicos y objetivos dentro de
un espectro —«nunca lograrás, querido Slipper, que lo blanco se vea
negro»—, o con criterios definitorios de clases disjuntas —un número
entero es par si es múltiplo de 2 y es impar en otro caso—. Dentro
de la argumentación, en cambio, no parece haber una demarcación
neta de clases similares, dadas o definidas, para colocar a la derecha
todos los buenos y a la izquierda todos los malos argumentos. Repa-
raremos, en fin, en que su ausencia no es achacable solo a la falta de
una providencial teoría de la argumentación, sino a la índole de la
pregunta: ¿qué es un buen argumento? Pregunta en la que, insisto, se
mezclan las ambigüedades del “ser bueno” con las normas y valores
que gobiernan la bondad, como aquello que sería lo debido en un buen
argumento, y con las directrices que pueden guiar nuestra actuación
cuando queremos argumentar bien en vez de hacerlo mal.
Hoy, estas dificultades conviven de hecho con una proliferación
de criterios de identificación positiva o de distribución relativa de los
buenos y malos argumentos. Si bien generan problemas conceptuales
de definición y determinación, y a través de ellos ponen en evidencia
la situación de relativa orfandad teórica por la que atraviesa nuestro
análisis de la argumentación, no parecen excluir en principio la viabili-
dad de propuestas discriminatorias, al menos en ciertos casos —y aun
clases de casos— concretos, de modo análogo a como un fino catador
de vinos puede distinguir una buena añada de otra mala e incluso
informarnos de cómo distinguirlas, sin necesidad de haber cursado
un máster en enología. Por otro lado, siguiendo con esta analogía,
también en la argumentación tienen importancia el lugar de cultivo
y la denominación de origen, es decir, también hay campos discursi-
vos que demandan consideraciones específicas de bondad y eficacia
argumentativas, no extrapolables luego a otras regiones. Por ejemplo,
cabe suponer que unos argumentos como los trascendentales, acerca
de las condiciones de posibilidad de algo dado por cierto, o como la

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