El derecho penal en la ilustración española

AutorLuis Prieto Sanchís
Cargo del AutorCatedrático de Filosofía del Derecho Universidad de Castilla-La Mancha Toledo, España
Páginas121-149

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En España la filosofía ilustrada tropezó, como es bien sabido, con no pocos obstáculos240 y así ocurrió lógicamente también en la esfera del Derecho penal y procesal. Hay que advertir, sin embargo, que con anterioridad a la obra de Beccaria y a su benéfica influencia se registran en el pensamiento español algunas voces críticas a propósito de las prácticas punitivas del Antiguo Régimen, si bien es preciso reconocer que tales voces, además de muy minoritarias, carecen en todo caso de una argumentación articulada y más o menos completa sobre los distintos aspectos Page 122 habitualmente tratados en las contribuciones ilustradas. Por ejemplo, la supresión o la moderación en el uso de la pena de muerte es una idea presente desde antiguo y, entre nosotros, suele citarse el prestigioso nombre de Luis Vives como uno de los primeros críticos de la tortura judicial241.

Ya en el siglo XVIII, contra la prueba del tormento se manifestó también el benedictino Jerónimo Feijóo, que precisamente fallece el mismo año de la publicación del libro de Beccaria242. Las razones de la censura no residen tanto en la crueldad o falta de humanidad de los suplicios cuanto en su falibilidad en orden a la obtención de la verdad material. «La tortura es medio sumamente falible en la inquisición de los delitos», titula la décima de las Paradojas políticas y morales que figuran en el volumen VI de su Teatro Crítico Universal (1734): «quien tiene valor para tolerar el cordel, niega la culpa, aunque sea verdadera; quien no la tiene, la confiesa, aunque sea falsa». De donde se deduce que la tortura no puede servir para averiguar la culpa o inocencia Page 123 del que la está padeciendo, sí sólo la flaqueza o fortaleza de su ánimo». Es más, dado que hemos de presumir mayor fortaleza y ferocidad al criminal que a quien lleva una vida tranquila y honesta, hay que suponer también que existen más posibilidades de que reconozca la culpa un inocente falsamente acusado que de que confiese su delito un malhechor insigne243.

Me parece, sin embargo, que la censura del tormento es uno de los pocos rasgos humanitarios que cabe hallar en este erudito preilustrado, más enciclopédico en sus saberes que enciclopedista en su filosofía244. Feijóo, efectivamente, se muestra como un decidido defensor del máximo rigor punitivo propio de la época, no ahorrando elogios para las más atroces formas de quitar la vida, y así tituló la tercera de las Paradojas políticas y morales: «la que se llama clemencia de príncipes y magistrados, perniciosa a los pueblos», pues, cuando no hay razones especiales, la clemenecia es injusticia y aunque sufran los espíritus sensibles, el juez debe actuar con el máximo rigor, sin detenerse ante los más crueles suplicios. Es verdad que con ello ya no se remedian los daños Page 124 del delito, «pero se precaven otros infinitos del mismo jaez. Los delitos perdonados son contagiosos y la impunidad de un delincuente inspira a otros osadía para serlo»245. El mismo sentido justiciero tiene su crítica a las dilaciones judiciales; en la Balanza de Astrea o recta administración de la justicia246 clama contra la excesiva duración de los procesos, pero no porque pueda perjudicar al inocente, sino porque puede beneficiar al culpable, templando el espíritu de venganza de la opinión pública: «así como va alejándose de la vista el delito... así va haciendo menos impresión en el ánimo; ya se hallan disculpas al hecho más atroz; ya mezclan apotegmas de piedad con los teoremas de la justicia»247. Y esto es precisamente lo que hay que evitar: eliminemos «de toda la república los peligrosos melindres de la piedad»; por ejemplo, entre los indios orientales uno de los castigos consistía en cortar las manos y los pies del reo y «ninguna de estas penas me horroriza»248.

Bien es cierto que, en ocasiones, conviene atenuar el rigor de la justicia; pero no dejan de ser llamativos las razones que enuncia Feijóo: «los méritos antecedentes del reo, Page 125 su utilidad para la república, una conocida ignorancia o inadvertencia, cualquier inconveniente grave que se siga de su castigo»249. En cambio, la minoría de edad no sólo no debe ser causa de clemencia, sino, al contrario, de mayor severidad, pues siendo «más furiosa la concupiscencia y más violenta la ira» mayor ha de ser el castigo a fin de que no crezcan los hábitos viciosos que luego no es posible extirpar; es más, si se aprecia en el joven una malicia superior a la propia de su edad, debe quedar al arbitrio judicial aplicar una pena mayor250.

Naturalmente, no encontramos en Feijóo la más mínima duda acerca de la necesidad y justicia de la pena de muerte, ni una palabra en favor de la moderación de los suplicios. Al contrario, cabe destacar dos argumentos cuando menos curiosos y poco acordes con las ideas ilustradas: el primero es que, en realidad, el suplicio no es tan cruel como parece y sólo causa un dolor instantáneo, «porque perdiendo el sentido desde el momento mismo que reciben el golpe fatal, todo el tiempo que resta hasta la separación del alma, son troncos más que hombres», lo que incluso vale para la muerte en la hoguera251. El segundo es que la muerte conviene no sólo a la república, sino también al propio reo, pues, muriendo en la horca, «de allí tomaría el camino para el Purgatorio, para pasar después al cielo, Page 126 y muriendo en alguno de los encuentros a que es arriesgada su profesión, mucho más probablemente perdería para siempre el alma con la vida»252

Una figura muy cercana a Feijóo fue la del Padre Sarmiento, quien durante años fue considerado nada menos que el precursor español de Beccaria, aunque con toda probabilidad sus escritos sobre la materia fuesen ligeramente posteriores a 1764 y, en todo caso, ni recibieron la influencia del marqués italiano, ni desde luego fueron conocidos por éste. Su contribución se encuentra recogida en una obra nunca publicada que suele citarse como Impugnación del escrito de los Abogados de La Coruña contra los foros benedictinos253 y su originalidad más destacada y en verdad poco frecuente en la época es la de sostener un abolicionismo sin matices ni excepciones; algo que, como sabemos, ni siquiera hizo Beccaria. La argumentación resulta ser estrictamente utilitaria; la pena de muerte debe desaparecer, pero no por su crueldad o porque resulte ilegítima desde la perspectiva del contrato social, sino sencillamente porque no es útil a la sociedad: «por malvado que sea un hombre, será más útil vivo que muerto a la Page 127 sociedad»; tampoco el efecto ejemplarizante es realmente eficaz, pues cada día se multiplican los delitos a pesar del espectáculo que proporcionan los suplicios. Al parecer, la alternativa no es la privación de libertad, sino la deportación, sacar a «esos malvados de enmedio de la sociedad... en donde por toda su vida nocere non possint» y que trabajen encadenados: «si desde que se descubrió América se hubiere pensado en este arbitrio se hubieran utilizado muchos de los ajusticiados; y otros que se deberían ajusticiar, y no estaría España tan poblada de ociosos y gitanos»254. La eliminación de la ociosidad y de la mendicidad, que tanto habían crecido en la España de la época, parece ser una de las principales preocupaciones de Sarmiento.

No es fácil suponer, en consecuencia, que la cultura española estuviese en condiciones de tributar un cálido recibimiento a las nuevas ideas racionalistas, filantrópicas y secularizadoras, de las que Beccaria era su principal representante. Por eso, señala Tomás y Valiente que el De los delitos y de las penas encontró en España una acogida muy desigual y sólo medianamente fecunda a corto plazo, al menos en el plano legislativo255. En realidad, cabe pensar que la recepción de la famosa obra no hubo de seguir distinta suerte a las del resto de los «philosophes», esto es, no exenta de dificultades y siempre con un alcance minoritario. Page 128

La primera traducción castellana no aparecerá hasta 1774 y será obra de Juan Antonio de las Casas. Según parece, fue necesario un laborioso proceso burocrático hasta que finalmente se autorizó la impresión del libro. En el dictamen solicitado a la Academia de la Historia se puede leer: «...La Academia, reflexionando sobre el mérito y dignidad de este tratado, estimó que este inconveniente se puede precaver con un prólogo del traductor en el que se advierta que este es el discurso de un filósofo que hace sus especulaciones, según las ideas que inspira la humanidad, sin ofender el respeto a las leyes que han sido precisas para contener la perversidad de los hombres que no obran ni piensan según aquellos principios»256. De acuerdo con estas cautelas, el Consejo Real autorizó la publicación, siempre que se advirtiera en la primera página que «el Consejo, conformándose con el parecer del señor Fiscal, ha permitido la impresión y publicación de esta obra sólo para la instrucción pública, sin perjuicio de las leyes del Reino y su puntual observancia».

Por su parte, el traductor parece que tampoco estaba dispuesto a correr ningún riesgo y declara que si la doctrina del Tratado «no fuese conforme al sentir de nuestra Santa Madre la Iglesia y a las Supremas Regalías de S.M., desde luego, con toda sumisión y respeto, como debemos, la detestamos..., sometiendo nuestro juicio al de nuestros maestros y superiores». Es de suponer que Page 129 un libro precedido de tantas advertencias y disculpas tenía que resultar atractivo en una época de férrea censura, al menos para los espíritus ilustrados.

No dudo que este libro será también honrado por la censura y calumnias del clero, o al menos será considerado como peligroso...

. Así se expresaba en carta a Beccaria, Pietro Giusti, diplomático italiano de la Embajada imperial en Madrid257, y ciertamente no se equivocaba, pues el 20 de junio de 1777 el Santo Oficio prohibía el pequeño tratado y su «comentario escrito por un abogado de provincia», incluso para los poseedores de licencia258. Sin embargo, la censura civil...

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